Esta es una versión adaptada a Aluche de “Los buenos momentos”. La presenté a un concurso de cuentos en el que quedé entre los 12 primeros. ¿Cuántos había?.

TIEMPOS DIFICILES

Era un caluroso sábado. Había recorrido velozmente los puestos del animado mercadillo de Aluche. Desgraciadamente estos mercados han ido perdiendo encanto. Mejor dicho, sus mercancías han ido perdiendo interés. Cada vez más, tienen su origen en lejanas fábricas de India o China y menos de las manos de artesanos locales. También la crisis ha ido sustituyendo la ropa etiquetada, colgada y ordenada, por montones de “a euro”.

Junto al mercadillo, las mesas de una terraza parecen invitarme a un descanso. “una cerveza”. En un momento la mesa recibe un plato de aceitunas y una botella con la etiqueta de un tipo rollizo y feliz, sin duda ajeno a los problemas que muchos vendedores y buscadores de oportunidades parecen acarrear invisibles sobre sus hombros pero que, a poco que miremos en sus ojos, descubriremos nítidamente: Este debe dos letras de la furgoneta, aquel ya ha tenido que prescindir del ayudante y ahora no tiene claro como ir a dar satisfacción a su próstata. El otro mira la oferta de los tres kilos pero ya vale si puede llevar uno.

Me calo mis viejas Ray Ban. No es habitual compañero, pero ese día llevo un MP3, me coloco los auriculares… suena Dulce Pontes. Las gafas me dan sensación de una cierta invisibilidad. Observo el bullir de las gentes revolviendo zapatos, sortijas y colgantes, por encima de sus cabezas, las hojas de plátanos, catalpas, chopos… se mueven al son de la pequeña brisa que alivia los calores de los cazadores de oportunidades. La voz de Dulce apaga los comentarios de viandantes y casi los gritos de los vendedores y vendedoras. “Vamos niña dos por un euro. ¡Dos por un euro!”… “Tengo toda la moda. Lo urtimo de París”. Los canarios del vendedor de pájaros se mueven inquietos en sus pequeñas jaulas de alambre. Un joven gitano despliega un rollo de blanca sarga mientras la posible compradora pellizquea la pieza mientras gesticula al vendedor.

La música no desentona con el espectáculo. Más aún, las palabras de Dulce se mimetizan con el ambiente y aparecen como reclamos de una sagaz vendedora: “Pasión, amor, tristeza, saudade, olvido, miedo, uma sorriso, mentiras, beleza, esperanza, celos, amor, celos, dolor…”. ¡Vendo vida! ¡Tengo de todo!

Cuando bajé la vista de los árboles, el sombrero estaba allí. Cubría la cabeza de un viejo con aspecto de campesino trasladado ya hace años a la ciudad. Vestía una chaqueta gris y pantalones del mismo color pero algo más oscuro. Las prendas estaban limpias y planchadas, aunque aparentaban tener casi tantos años como su portador. Los zapatos parecían estar a tono con la ropa. El polvo del mercadillo los cubría e impedía hacer mayores conjeturas.

Su porte me recordó aquellos versos de Miguel Hernández que como otros, descubrí con Serrat “Andaluces de Jaén, Aceituneros altivos”… Altivo aquel anciano miraba a izquierda y derecha, como si no quisiera ser visto. Yo estaba apenas a unos metros, pero no contaba: mis Ray Ban Wayfarer II me hacían invisible. El anciano se agachó y levantó en un ágil movimiento que parecía ensayado durante mucho tiempo. Se desplazó unos metros y repitió el ritual. Mirar sus zapatos, mirar a izquierda, derecha, otra vez izquierda y una rápida flexión. Esta vez descubrí que el movimiento acababa con la mano en el bolsillo de la americana. Unos pasos más allá repitió la operación y ahora comprendí su ejercicio. Buscaba una colilla por el suelo se ponía a su lado y cuando nadie le observaba, la hacía llegar a su bolsillo.

Sentí una enorme tristeza que paradójicamente no enturbió mi gozosa media hora anterior. El camarero me acababa de dejar las vueltas sobre un platillo blanco. Unas monedas y un arrugado billete de cinco euros. Me quité las gafas. Lo cogí y me acerqué al anciano “tenga para tabaco”…se lo planté en su mano. “Gracias hombre” observé un instante su rostro profundo, altivo y sin duda con un gesto de agradecimiento… Me esfumé inmediatamente entre la gente que con sus anónimas bolsas blancas y verdes se dirigían hacia el intercambiador de Aluche. Me armé de mis Wayfarer y continué. En la parada del semáforo antes de cruzar la Avenida de los Poblados, me percaté que Dulce Pontes seguía cantando dulce…

Se eu bailar no meu batel

Não vou ao mar cruel

E nem lhe digo aonde eu fui cantar

Sorrir, bailar, viver, sonhar contigo

José Valentín Ramírez

Getafe

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