Soy asiduo visitante de Nodo50 y Rebelión y otras webs similares. Quería leer algo distinto sobre la situación actual de la izquierda, buscar otras ópticas no tan radicales y sobre todo de las que llegan a la mayoría de la población. Así me fui a una librería y busqué por las ofertas (como el bolsillo impone). Encontré y compré tres libros: “El comunismo contado con sencillez” de Francisco frutos, Secretario general del PCE, “El mito de la izquierda” del Filósofo Gustavo Bueno y “La izquierda reaccionaria” del novelista Horacio Vázquez-Rial.

Hay una práctica que se está generalizando en los grandes almacenes que es si no le gusta, le devolvemos su dinero. Yo quiero que me devuelvan mi dinero. Desgraciadamente, en el sector de librerías y discos eso no sólo no existe, sino que se combate: “Si rompe el precinto no se cambiará ni permitirá devolverlo” suele indicarse de forma muy notoria en los comercios. Como si supieran que aquello puede ser un bodrio. Los discos pueden oírse previamente por la radio o bien en los dispositivos puestos al efecto en los establecimientos. Pero ¿y los libros?. Un simple vistazo no sirve para hacerse una idea de un libro. Y las críticas… solo sirven para, a posteriori, saber si uno sintoniza con el crítico.

El libro de Paco Frutos lo compré casi por disciplina de partido. A Gustavo Bueno le admiraba desde hace más de veinte años. Recuerdo sus apasionadas intervenciones en la La Clave y la lectura de varios artículos suyos sobre marxismo. También seguí con simpatía sus disputas con la universidad de Oviedo. Su libro de filosofía no había sido aceptado como texto y se le había reducido su actividad docente. Logré con gran esfuerzo hacerme con “Simploke” el libro de filosofía de Gustavo Bueno, rechazado por la universidad, y ciertamente no fui capaz de entender ni el Copyright. ¿Debería haber aprendido de la experiencia?. A Vázquez-Rial le elegí porque sabiendo que no era precisamente de izquierda pensé que podía exponer razonadamente unos argumentos que me obligasen a reflexionar. Le había visto en un programa de Sánchez Dragó y pensé que podía ser de interés leerle.

Es necesario crear un frente por la devolución del dinero cuando los libros decepcionan profundamente. Y los tres lo hicieron en sumo grado. Me decepcionó el libro de Frutos. Una oportunidad perdida para hacer un libro que realizara una explicación sencilla pero clara del comunismo. Como si Paco se sintiese culpable de algo, el libro puede resumirse en “En el mundo hay mucha injusticia y mucha pobreza nosotros somos muy buenos, solidarios y defendemos a los pobres.” Yo creo que Frutos confunde sencillez con descafeinar las ideas. El comunismo era una alternativa política y económica global propuesta por Marx y Engels en el siglo XIX en respuesta al imperialismo y las injusticias y explotación de los trabajadores. Hoy el comunismo sigue vigente en la medida que la sociedad actual mantiene esos rasgos básicos con las diferencias lógicas que el tiempo y la propia acción de los comunistas han provocado (y no todas positivas). Frutos no ha sabido expresar esto e su libro ni siquiera esbozar cuales serían los rasgos diferenciadores de una sociedad comunista. La portada del libro, una lupa sobre la hoz y el martillo debiera ser cambiada por un paño opaco. Y el título debiera pasar de El comunismo contado con sencillez a contado con timidez. Una pena.

Vázquez-Rial como muchos otros escritores de derecha, les abruma la idea de aparecer como tales, e intentan presentar sus libros como análisis asépticos o cuando menos, heterodoxos. El prologo comienza así:

Leonid Breznev y Alexei Kosiguin no empezaron a encerrar a los disidentes en clínicas psiquiátricas porque se sintieran en la necesidad de disimular que en la Unión Soviética había presos políticos, cosa que se sabía en todas partes, sino porque realmente creían que la disidencia era una forma de enfermedad mental. Y no fueron los únicos en pensarlo. De hecho, en cualquier régimen autoritario o totalitario, el que se siente instalado en la jerarquía tiende a decir: «Usted está loco? ¿No sabe con quién está hablando?» Y en las democracias de esta época la cosa no es tan grave pero sigue ahí: el que se aparta de las ortodoxias en boga da lugar a que los demás murmuren para sí mismos «este tipo está loco». De modo que he asumido la posibilidad de ser objeto de ese diagnóstico desde el momento en que empecé a escribir este libro, sabiendo que iba contra corriente en casi todos los órdenes.

No Horacio, no muestres falsos temores, tu libro no va contra corriente de nada. Tu libro está perfectamente alineado con la ofensiva reaccionaria que pretende por todos los medios desprestigiar cualquier cosa que sea progresista y que suponga un posible peligro para el ultraliberalismo que los empresarios y sus ideólogos intentan imponer en todo el mundo. Después continúa:

El 11 de septiembre de 2001, ataques simultáneos a Nueva York, Washington y algún otro punto de Estados Unidos, que no ha sido mencionado en la prensa pero al cual se dirigía el avión secuestrado y derribado por sus pasajeros en la ruta de Pennsylvania, marcaron el comienzo de una nueva época. No porque el ataque en sí fuese algo inesperado —no dejaba de ser un capítulo más de lo que Sadam Husein había iniciado con la invasión a Kuwait—, ni por la magnitud del mismo, sino porque puso en evidencia a todo el mundo.

Como se vé el señor Vazquez-Rial no asume que no hay relación entre el 11S y Sadam Husein. Y parece no darse cuenta que el 11S no cambió nada. EEUU era un país imperialista y asesino que no duda en hacer guerras en beneficio de sus empresarios y en perjuicio de las vidas de inocentes, de la democracia y de la libertad y lo siguió siendo después del 11S. Siguiendo el prologó, la evidencia que Vazquez-Rial “descubrió” el 11-S es lo mala que es la izquierda. Por el título del libro “la Izquierda reaccionaria”, se debe suponer que hay otra que no lo es. Pues no, desde la socialdemocracia hasta los radicales de izquierda todos son reaccionarios para Horacio. Sólo parecen progresistas a sus ojos, Bush, Aznar y sus aliados. Ofrezco algunas “perlas” mas del prologo:

Sabía ya, por ejemplo, que la izquierda tradicional, fuese comunista, socialista o socialdemócrata, era antisemita, explícita o implícitamente, de forma consciente o inconsciente, pero ignoraba hasta qué punto. Sabía que esa izquierda no se había hecho cargo de problemas como la inmigración, el funcionamiento democrático o las relaciones entre países, asuntos en los que había salido del paso con respuestas tan ridículas como inadecuadas, del tipo del multiculturalismo, la política de masas o el pérfido imperialismo, cuando no con alianzas perversas con gobiernos de países expulsores de emigrantes como Cuba o Marruecos, pero no conseguía distinguir con claridad, o me negaba a ello por oscuras razones afectivas, que esas respuestas eran producto de un odio a Occidente —a la cultura de la que nació el pensamiento progresista, a la cultura de la Ilustración y la razón, y a las sociedades abiertas en las que prosperó— raya- no en lo patológico y, desde luego, profundamente irracional.

Vázquez-Rial confunde el rechazo a los crímenes de Israel con el antisemitismo y parece olvidar que es la derecha mas fascista la que se inventó aquello de “la conjura judeo-masónica” y quienes hoy día agreden a judios y atacan sinagogas. Siguen sus perlas:

.. pero ¿ qué decir de las declaraciones de un líder socialdemócrata de la importancia de Pasqual Maragall, candidato a la presidencia de la Generalitat de Cataluña y con toda probabilidad próximo presidente, ex alcalde de Barcelona y presidente del Partido de los Socialistas de Cataluña, es decir, un número dos del Partido Socialista Obrero Español, en el feliz supuesto de que haya número uno? Maragall no se atrevió a decir que se alegraba del ataque terrorista a Estados Unidos, ni mucho menos a vociferar que era la justa venganza de los pobres del mundo contra el imperio, porque es demasiado político para eso, pero sí dijo que tras la acción de Al Qaeda había «un elemento muy importante de rencor con base real» [ABC Cataluña, 15-9-2001], que es una forma decorosa y taimada de expresar que se lo tenían merecido. Inmediatamente después, en lo que se supone fue un intento de matizar las palabras de Maragall, el eurodiputado y antiguo primer secretario del partido, Raimon Obiols [ABC, íd.], explicó que «nadie puede discutir que es necesaria una acción implacable contra el terrorismo» pero «también se deben afrontar situaciones de desigualdad, pobreza, racismo e incomprensión cultural de las que el fanatismo puede extraer fuerzas para librar su combate criminal».

Si alguien interpretaba así las palabras de Maragall u Obiols estaba claro que poca objetividad o razón podía sacar de este libro. Confieso que terminé el prologo del que he de decir que no he publicado lo mas paranoico. Pero no fui capaz de seguir paseando por la cloaca. Termino el cometario de este bodrio con el final de su prologo:

Con paciencia, procurando dejar de lado pasiones, elecciones éticas y estéticas, dolores y rabias. Pero la experiencia de las Torres Gemelas vino a impedírmelo Alrededor de 5.000 muertos, cada uno una familia, es decir, 20.000 víctimas directas; y 10.000.000 de personas, en estimación del Banco Mundial, que —por quiebras de empresas, suspensión del turismo y otras causas ligadas a los atentados— cambiarían su nivel social, situándose por debajo del umbral de la pobreza. Suspendí entonces la labor porque, de haber seguido en ella, el producto se hubiese parecido más a la feliz salida de tono de Oriana Fallaci que a un ensayo sobre la realidad de la izquierda,

Es decir que todavía tenemos que agradecerle la mesura y no caer en la “feliz salida de tono de Oriana Fallaci” que es como llama a la deriva reaccionaria, fascista de la Fallaci, feliz salida de tono. ¿será quizás Oriana de la izquierda no reaccionaria?. Que desfachatez parece que fuera el 11-S el culpable de los millones de pobres que ya existían en EEUU incluso antes del 11-S. No se da cuenta que su comentario deja en evidencia que EESS y su economía insolidaria es quizás la única del mundo occidental donde la gente puede pasar de tener un trabajo a estar por debajo del umbral de la pobreza. Aquí, tras el 11-M las victimas no han podido recuperar a sus seres queridos pero, al menos, han recibido la solidaridad de todos y el apoyo económico del Estado, claro que aquí largamos a Aznar.

En mi opinión el libro “Los mitos de la Izquierda” de Gustavo Bueno es como uno de esos libros de SUDOKU que solo sirven para matar (y digo matar, de asesinar, no de pasar) el tiempo. En la introducción se dice que el libro pretende hacer una clasificación de las izquierdas ..

En este libro se ofrecen dos novedades principales a la hora de abordar y sistematizar la cuestión de la diversidad de las izquierdas. La primera es la determinación de ocho modelos teóricos desde los cuales necesariamente habrá de acercar- se al análisis de las Ideas sobre la izquierda, en función de tres criterios de carácter muy general. La segunda novedad que este libro presenta es la clasificación de las llamadas izquierdas en dos grupos, en principio, bien diferenciados: las izquierdas definidas políticamente y las izquierdas indefinidas. Se determinan seis géneros o generaciones de izquierda definida: la izquierda radical, la izquierda liberal, la izquierda libertaria, la izquierda socialdemócrata, la izquierda comunista y la izquierda asiática. Y se clasifica la izquierda indefinida políticamente en tres tipos: la izquierda extravagante, la izquierda divagante y la izquierda fundamentalista.

!Que bien!. Eso ayudará a clarificar conceptos, políticas, etc.. ayudará sin duda a estudiar y analizar las distintas derivaciones de los pensamientos. He de decir que contrariamente a Simploke de este libro he entendido todo (o al menos eso he creído yo). Y al decir todo he de remarcar que si he completado la lectura del mismo (lo que no he hecho con Vázquez-Rial). Pero creo sinceramente que el libro es un ejercicio de egolatría del Sr. Bueno. Donde nos pretende demostrar su erudición y su capacidad de profundizar tanto en el análisis que se pierde cualquier relación con la realidad y con la capacidad de expresar algo coherente que no sea la retórica por la retórica.

Voy a intentar poner dos metáforas de lo que creo que define el libro que estoy comentando. Imaginaros en Africa, un safari fotográfico, una manada de elefantes, cada uno hace sus fotos desde distintos ángulos y distancias. Pero hay uno, el mas “científico” que se acerca mas y mas a los elefantes y al final logra una foto con macro a dos centímetros de la piel del elefante. ¿Pensáis que esa foto servirá para que alguien se haga una idea de lo que es un elefante?. Así es el libro de Gustavo Bueno. Segunda metáfora: Un campesino mejicano ha oído que se aproxima un huracán. ¿Que es eso? pregunta a un científico. “Eso en realidad es un concepto, una definición… “, es la respuesta, “.. en realidad..” , continúa el científico desmenuzando el fenómeno, “.. es la confluencia en el tiempo y el espacio de una serie de movimientos de partículas, que operan especialmente influido por fuerzas caóticas derivadas de cambios térmicos estratificados.. “. ¿Ayudará la científica explicación a que el campesino tome precauciones?. Así es el libro de Gustavo Bueno. Lo que mas me duele es que he perdido cualquier aprecio por Gustavo Bueno. Si un filósofo es un amante del saber creo que él no enseña nada. Si además es marxista debería saber que, para los marxistas, la filosofía no solo debe interpretar el mundo sino ayudar a cambiarlo. Nada de ello se deduce del libro. Pero lo peor es que el libro supone un claro desprecio de cualquier cosa que no tenga su nivel intelectual y por supuesto de la gente “corriente”… claro que dirá “yo no escribo para estúpidos e ignorantes”. Bien. Pero si usted no quiere robar el dinero de los analfabetos haga como con el tabaco ponga un cartel grande a su libro “Solo apto para doctores en filosofía” y arreglado.

Para dar una muestra de lo que digo voy a poner algunos fragmentos de la obra:

No cabe, por tanto, de acuerdo con las tesis mantenidas en este libro, hablar de una «unidad de la izquierda». No cabe reconocer ningún sentido a las expresiones de aquellos que afirman «ser de izquierdas de toda la vida». Quienes así se expresan, o bien están dispuestos a declarar de inmediato a qué corriente de izquierdas se refieren, y entonces tendrán que decir «soy socialista de toda la vida», o «soy anarquista de toda la vida»…, o bien su afirmación, tan sentida como solemne, tendrá que considerarse como vaga, confusa y oscura; es decir, como una afirmación perezosa, por no decir vacía, y por tanto indigna de merecer respeto.

Como se vé cualquiera que no tenga su capacidad de precisión intelectual, es indigno de merecer respeto… y sigue así todo el libro:

… La Idea de «Izquierda» no es unívoca (un concepto sustancialista), sino análoga (un concepto funcionalista) Hay muchas personas que hablan de «la Izquierda», en singuiar, creyendo referirse a una supuesta actitud o concepción unitaria «ante la política y ante la vida» que ellos dicen asumir. Así hablaba Simone de Beauvoir: «La verdad es una, el error es múltiple; por tanto no es raro que la derecha sea plural» (de donde se deduce que, según ella, la Izquierda es única). Pero quienes así se expresan —tal es la tesis de este libro— lo hacen de un modo mítico, según la forma del mito propio de la prosopopeya o sustantivación. Porque «la Izquierda», en singular, no existe. Además, quien utiliza en este sentido la expresión «la Izquierda» es víctima de un mito oscurantista y confusionario, porque, supuesto que sí existen «las izquierdas», en plural, al referirse a ellas como si fuesen variedades o modos, más o menos diferenciados, de una misma y unívoca izquierda, está bloqueando la posibilidad de distinguirlas (por eso el mito es confusionario) y, por tanto, está estorbando la posibilidad de formular con claridad las distancias con la derecha (por eso el mito es oscurantista). …..

… Sin embargo, aunque la expresión «la Izquierda», en singular, puesta en boca de un izquierdista, sugiere la maquinación de una prosopopeya mítica (su univocación sustancialista), no por ello la expresión «las izquierdas», en plural, garantiza siempre que quien utiliza esta expresión está a salvo del oscurantismo o del confusionismo univocistas. Depende del contexto. Si, por ejemplo, un «hombre de izquierdas», un «izquierdista», defiende hoy la posibilidad de «ser de izquierdas», el sentido sustantivo de ese «ser» atraviesa, por así decir, el plural, como significado que se mantuviese como idéntico a sí mismo, con su identidad sustancial, cualquiera que sea la especie o variedad de la izquierda a la que se le adscriba, o a la que se adscriba él mismo. Pues lo que ahora se está significan- do es que las izquierdas, en todas sus variedades específicas, no destruyen la unidad genérica (unívoca) de la izquierda que actúa en el fondo de cada especie o variedad. Lo que equivale a afirmar que la unidad sustantiva de la izquierda está asegurada, sin perjuicio de sus diversas manifestaciones, más o menos accidentales, coyunturales o contingentes …

Termino aquí mis comentarios. Pero para masoquistas ofrezco unas perlas mas… léanse bajo su responsabilidad y no porque yo induzca a ello.

… El concepto aritmético de «doble», no debiera «sustantivarse» como si fuera un concepto unívoco ( un género, con especies distributivas), sino que habrá de interpretarse como la característica de un concepto funcional ( y=2x) a partir de la cual podremos obtener conceptos o valores de «doble» tales como 6 (por respecto a 3) y 8 (por respecto a 4). Así también, la izquierda no la entenderemos como un concepto unívoco-sustancialista, sino como la característica de un concepto funcional (que habrá que determinar) que nos remitiera inmediatamente a diversos valores o conceptos de izquierda, es decir, a las izquierdas, cuando se toman en su conjunto. Que «la Izquierda» no existe, como unidad unívoca, no quiere decir que no existan «las izquierdas» Cuando afirmamos que «la Izquierda», en las condiciones dichas, es un mito oscurantista y confusionario, nos opone- mos a quienes interpretan «la Izquierda», en singular, como si se tratase de un concepto unívoco-sustancialista. …

… Nosotros no hacemos consistir la prosopopeya «la Izquierda» en la invención de una entidad inexistente (sin poder, sin proyectos, sin presencia social), cuanto en la sustantivación de una unidad supuesta entre entes dados, a saber, los partidos o las corrientes de izquierdas que reconocemos como realmente existentes (en el presente, o en la historia reciente), cuando resulta que estas entidades (las izquierdas), lejos de ser variedades de un género unívoco (porfiriano), compatibles mutuamente además, son diversificaciones «evolutivas» (de un género plotiniano) incompatibles unas con otras, o bien derivaciones analógicas separadas del tronco originario. Qué entendemos por «mito» en su relación con el logos En cualquier caso utilizamos el término «mito» no ya en el sentido vulgar de meroflatus vocis (sentido que viene a recoger el DRAE en su acepción 4: «Persona o cosa a las que se atribuyen cualidades o excelencias que no tienen, o bien una realidad de la que carecen»), sino en su sentido más filosófico, que, sin perjuicio de dar por supuesta su irrealidad, sin embargo cree poder atribuir a los mitos algún tipo de logos, alguna razón de ser, en función de sus servicios prácticos (políticos, didácticos, ideológicos, gnoseológicos…)…

Esta es la razón por la cual ni los babuinos ni los chimpancés pueden fabricar mitos, es decir, la razón por la cual carecen de «fantasía mitopoiética» (aunque tengan, sin duda, alucinaciones o pseudopercepciones capaces de producirles terror). El mito es una construcción lingüística, que presupone ya un lenguaje de palabras «de primer orden», llamémosle prosaico. Un lenguaje gramaticalizado que lleva adelante funciones expresivas y apelativas en las cuales están «embebidas», sin duda, ciertas funciones representativas; invenciones protomíticas, como las que puedan atribuirse al mero hecho de expresar el movimiento con consonantes vibrantes, o señalar apelativamente a lo que es grande con palabras que contienen la vocal «a», y a lo que es pequeño con palabras que contienen la vocal «i». Ahora bien, sobre este lenguaje gramaticalizado de primer orden, «prosaico» pero capaz de delimitar, casi gestualmente, las realidades prácticas inmediatas …

La trayectoria curvada, de hecho recorrida, sólo adquiere su significado cuando se la considera desde la Idea. No cabe decir por tanto: «Hechos, y no proyectos, son lo que importa» («Por sus obras los conoceréis»); puesto que las obras, en el caso de las conductas beta operatorias, son inseparables de los proyectos, de las Ideas, de las palabras a través de las cuales aquellas Ideas pueden ser formuladas. Entre las trayectorias reales (los facta concludentia) y las Ideas implicadas en ellas media una continuidad que podemos comparar a la que media entre el anverso y el reverso de una cinta de Moebius; o, si se prefiere, entre el momento ideal ( o conductual, o normativo) y el momento factual de las realidades analizadas, media una relación dual similar a la que se establece en Geometría entre el punto como intersección de infinitas rectas y la recta como alineación de infinitos puntos: puedo ver a la recta desde sus puntos, y a los puntos desde sus rectas, que intersectan en ellos. Puedo ver a las izquierdas desde las Ideas (conceptos, creencias, normas, proyectos planes y programas, teorías…) que los hombres se forjan para organizar su acción, y puedo ver a las izquierdas desde las trayectorias factuales, históricas, que recorren o han recorrido los hombres en el espacio tiempo, en el espacio antropológico. En consecuencia, y supuesta la pluralidad de las izquierdas —es decir, las trayectorias o estelas que van siendo trazadas por los sujetos operatorios, actuando en grupo: llamémoslas «corrientes»— tendremos que proponernos, antes aun que la definición global de esas trayectorias, la clasificación de las mismas….

… Partimos del supuesto o de la hipótesis de la heterogeneidad y pluralidad de las acepciones (conceptos, teorías) de la izquierda; de la heterogeneidad o pluralidad de las teorías o concepciones existentes en torno a la izquierda, ya sean formuladas por izquierdistas, ya sean formuladas por derechistas. Pero cada una de estas variedades de la izquierda tiene sus propias fórmulas emic de conceptuación; y el peligro de apelar a criterios semánticos de clasificación es el de privilegiar unos criterios emic sobre otros. Este es el motivo de nuestro intento de acudir a criterios de clasificación de carácter más bien lógico o sintáctico que a criterios semánticos. Estos criterios podrían servir también para clasificar las concepciones de la derecha. Pero esto no ehmina ha capacidad de esos criterios lógicos para discriminar acepciones de ha izquierda. Por el contrario, constituye la principal prueba de la distancia etic de los criterios de clasificación respecto del material clasificado. Y no porque haya que presuponer que los criterios lógicos son oblicuos a la materia a clasificar….

… Como campo mínimo de referencia de estas acciones o actitudes tomamos, como venimos haciéndolo, el campo de la realidad política en el sentido más estricto, es decir, en cuanto pueda ser disociado (aunque no separado) de las otras realidades sociales, económicas, religiosas, etcétera, que lo cruzan. Por lo demás habrá que tener en cuenta que la composición de los diversos modos lógicos (AaI, AaII, Bal…), según los cuales las características semánticas por medio de las cuales es definida o concebida la izquierda, no se resuelve en una mera yuxtaposición, sino que habrá que esperar una delimitación mutua, por ejemplo del modo (A) al componerlo con (a) o con (b); y de ellos con (1) o con (II). Así, cuando el modo ( A) de conexión (el modo de la escasa relevancia, el modo de la accidentalidad) se compone con el modo (a) (el modo genérico), la composición (Aa) —sobre todo si va a la vez compuesta con (1)— se corresponderá preferentemente con concepciones de la izquierda según características semánticas que requieran estos modos de relación con el campo de referencia ( en el caso citado, con características tales como «actitud pa- cífica y dialogante de la verdadera izquierda», frente a la «actitud violenta propia de la derecha»). Los nexos que se ajustan al modo (a) (el modo genérico) inducen a la ecualización de los caracteres específicos (o tenidos por tales) de la izquierda, con caracteres genéricos que cubren campos distintos del de referencia (campos no estrictamente políticos), lo que equivale a decir que el modo (a) nos dispone a un proceso de «anegación» de la especie en el género, …

..La «Razón» tiene que ver con los todos y con las partes. Partes anatómicas y partes atómicas La racionalización tiene que ver con la totalización; por consiguiente, habrá tantos tipos de racionalización como tipos de totalización se utilicen. Por ejemplo, podremos utilizar totalizaciones atributivas, descomponiendo las totalidades de partida en partes heterogéneas, sin perjuicio de que, a su vez, las partes así obtenidas puedan constituir clases de elementos isológicos (como ocurre en las descomposiciones anatómicas de un organismo humano, que atienden a los diferentes órganos, o miembros que, a su vez, sean susceptibles de agruparse en pares simétricos, tales como brazos o piernas). Otras veces, la descomposición se resolverá en conjuntos de partes homogéneas (isoméricas), y en el caso en el que estas partes seanformales (porque presuponen, en su morfología, al todo, a diferencia de lo que ocurre con las partes materiales) tendremos que establecer unos límites al proceso de división. Las par- tes límites, isoméricas, serán además por tanto a-tómicas (tomando este término no sólo en el sentido físico tradicional, el democríteo, sino en el sentido lógico que, por ejemplo, Russell utilizó en contextos no mecánicos sino proposicionales —«proposiciones atómicas»—y que nosotros utilizaremos en contextos lógicos objetuales). Lo que llamamos «holización» es, pues, un tipo de racionalización que tiene que ver con la descomposición «atómica», más que con la «anatómica»…

.. Las distinciones imprescindibles en el contexto de las Ideas de todo y parte para llevar a cabo nuestra exposición son las siguientes: ante todo la distinción entre totalidades distributivas y totalidades atributivas. Doce cartones pentagonales, iguales entre sí, y dispersos en mi mesa, constituyen una totalidad distributiva. Estos mismos doce cartones, pegados por sus aristas convenientemente, constituyen un dodecaedro, que es una totalidad atributiva. En segundo lugar, la distinción entre partes formales y partes materiales de un todo atributivo. Las partes formales son las que presuponen, en su conformación, al todo; las partes materiales del todo tienen una conformación independiente de él. Un jarrón de cerámica es un todo atributivo: si se rompe en fragmentos tales cuyas configuraciones sólo puedan explicarse desde el jarrón inicial (y no porque tengan ellas mismas la forma del jarrón), entonces los fragmentos serán partes formales del jarrón, que permitirán reconstruir el todo fragmentado. Pero si al romperse el jarrón «se hizo polvo», las moléculas del caolín ya no serán partes formales, sino partes materiales del jarrón. Asimismo, las células de un organismo, incluso sus macromoléculas de ADN, son partes formales del organismo; los átomos de carbono, nitrógeno o fósforo, son % sólo partes materiales suyas. Además, según la relación de unas partes a otras, distinguiremos las totalidades cuyas partes son iguales-k las unas a las otras (totalidades isoméricas) de las totalidades cuyas partes son desiguales-k entre sí (totalidades heteroméricas). Obviamente esta distinción se refiere a los casos en los cuales se tiene en cuenta la integridad de las partes. Por lo demás, la isomería no ha de entenderse en su significado más estricto, según el cual las partes iguales lo fueran al modo de clonos; caben por ejemplo isómeros enantiomorfos (como puedan serlo las moléculas del ácido racémico, orientadas dextrógira o sinistrógiramente). Un cuadrado, descompuesto en cuatro, dieciséis o treinta y dos cuadrados es isomérico; un cuadrado divido en dos, cuatro, etcétera triángulos es heteromérico. Según la relación de las partes al todo hay que distinguir las totalidades holoméricas, en las cuales el todo se manifiesta igual k a sus partes (reproduciéndose en ellas), de las totalidades homeoméricas, en las cuales el todo no aparece como igual k a las partes en las que se divide (cuando éstas son isoméricas). Un triángulo equilátero, descompuesto en cuatro triángulos equiláteros por sus medianas, es holomérico, y además de modo recurrente, indefinido; un círculo, dividido en cuatro cuadrantes, es homeomérico. Las estructuras fractales de Mandelbrot se aproximan al tipo de totalidades holoméricas. Las distinciones precedentes obligan a limitar el alcance del llamado «axioma de desigualdad», según el cual «el todo es mayor que la parte»; y no ya en el terreno de las totalidades transfinitas (definidas precisamente por la igualdad k, o coordinación biunívoca entre, por ejemplo, el todo constituido por el conjunto de los números naturales, y partes o subconjuntos suyos, como el conjunto de los números pares), sino incluso en el terreno de las totalidades finitas…

Pero la holización sólo se cumple en la fase de reconstrucción o síntesis de las partes obtenidas en la fase analítica, bien entendido que estas dos fases no se dan sucesivamente de modo íntegro, la una tras la otra. La fase de análisis tiene lugar mediante análisis parciales, seguidos de síntesis parciales, que a su vez hacen posibles fases de análisis ampliado, más fino, etc. En cualquier caso, en una holización completa, la fase de análisis sólo alcanzará su significado racional más pleno en el proceso de la síntesis (a la manera como los descubrimientos científicos sólo pueden ser considerados como tales una vez que han sido justificados). La holización, como procedimiento de racionalización, puede considerarse o bien en su fase analítica, o bien en su fase sintética. La fase analítica es la transformación de un todo atributivo en un conjunto de partes formales a título de átomos homeoméricos; y la fase sintética es la recomposición del todo del que hemos partido y de sus características globales, pero dadas en función de la composición de las partes formales átomas previamente establecidas, según las relaciones o interacciones que puedan ser definidas entre ellas.

El dialelo implícito en la holización: ejemplo sacado de la teoría celular Los procesos de holización, sobre todo en su fase sintética, tienen que ver con la tendencia hacia un reduccionismo descendente del todo a sus partes homeoméricas, reduccionismo que se basa fundamentalmente en la sustancialización de los átomos o individuos. Las partes formales átomas cuya conformación, supondremos depende de la morfología del todo del que hemos partido, experimenta un proceso de sustancialización en virtud del cual pueden pasar a ser tratadas como entidades dadas previamente al todo, que es el que pretende ser reconstruido íntegramente mediante ellas. Pero el todo del que partimos ha de suponerse siempre dado, y éste es el contenido de lo que llamamos dialelo gnoseológico. Lo que no impide la posibilidad de admitir que el proceso de reconstrucción (holización positiva o sintética) del todo presupuesto pueda desbordar el mero círculo vicioso ofreciéndonos resultados enteramente nuevos que sería imposible establecer al margen de la reconstrucción holizadora….

Pero los millones de células del organismo (y con esto reconocemos el dialelo), lejos de ser anteriores a él, proceden de una célula ontogenéticamente primordial, el cigoto: de su división y subdivisión resultan las células del organismo. Y esto no quiere decir que la holización del organismo humano sea una mera operación gnoseológica que está llamada a la esterilidad desde el punto de vista del conocimiento, tratamiento y control del organismo real. No porque el organismo proceda de la división y subdivisión de una célula huevo hay que concluir que la reconstrucción del organismo a partir de sus células no puede aportar novedades esenciales (entre otras cosas, porque la holización nos permite replantear, de un modo mucho más rico, la cuestión de las relaciones de un organismo con los demás organismos). En cualquier caso, hay que mantener la distinción entre la holización analítica, que es siempre un proceso de descomposición, por no decir de despedazamiento, de desgarramiento, trituración o usado de la totalidad originaria, y la holización sintética, o momento sintético de la holización, que es el momento de la restitutio in integrum del todo originario…

Lo verdaderamente asombroso es que, en los días de hoy, algunas decenas de profesores, artistas, periodistas, cantantes, cineastas… sigan encontrando la posibilidad de reunirse bajo una bandera que lleva escrita entre sus pliegues palabras tales como «intelectuales», «pensamiento», «razón» o «cultura»; palabras que estos individuos utilizan del modo más primario e ingenuo imaginable, acríticamente. ¿Quién de los firmantes podría ofrecernos una mínima teoría sobre la razón, sobre los intelectuales, sobre el pensamiento o sobre la cultura? Produce sonrojo ver como los abajo firmantes ponen estas palabras en su bandera, como si ellos fueran sus abanderados. Yo conozco a algunos de ellos y algunos de los más ilustres: me consta que carecen de capacidad para dar una idea de Razón que pueda dar más de dos pasos, o una idea de Cultura o de Pensamiento o incluso de «Intelectuales» que pueda considerarse un poco alejada de los «lugares comunes». Y aunque pudieran ofrecernos algunos esbozos, ¿quiénes son ellos para levantarlos como bandera? Me dicen algunos: «Es cierto que la expresión “los intelectuales” es muy difícil de interpretar, pero sirve para entendernos.» Falso. Sirve para todo lo contrario, para no entendernos en absoluto. Dicen los abajo firmantes: «Los intelectuales (en el sentido más amplio y menos elitista del término) en función del privilegio que supone el acceso al conocimiento… tienen una responsabilidad tan específica como grave: la crítica radical y continua de los argumentos esgrimidos por el poder…» Se nos presentan por tanto unos individuos bajo el título de intelectuales, «pero en el sentido más amplio y no elitista del término».

Ahora bien: el único modo de ampliar el sentido, de modo no elitista, y ampliarlo en el sentido más ancho, será considerar intelectuales a todos los hombres, puesto que todos los hombres tienen entendimiento o inteligencia, es decir, facultades intelectuales. Más aún, el mecánico electricista que le arregla el motor del automóvil a un individuo de la Alianza Antiimperialista tiene probablemente más inteligencia de la que él pueda tener. Y si todos los hombres son intelectuales, o bien los abajo firmantes quieren decir que se manifiestan en nombre de todos los hombres, lo que es sin duda excesivo, o bien quieren decir, al utilizar el término «intelectuales», que se refieren a un subconjunto del conjunto total de los hombres. Pero no definen en qué consiste tal subconjunto, y no será su condición intelectual la que los defina. Dirán: «Nuestra condición se define porque hemos accedido al conocimiento.» ¿A qué conocimiento? ¿Será algún conocimiento compartido por pintores, cineastas, profesores de derecho o de literatura? ¿Y cuál puede ser este conocimiento que, además, no sea compartido por otros muchos hombres? Pero en seguida vemos que la responsabilidad que se atribuyen esos intelectuales se define por la «crítica al poder». ¿A qué poder? ¿Al poder del Estado, en general? Esto ya nos da- ría la pista: los abajo firmantes son anarquistas.

Pero muchos de ellos nos consta que no son anarquistas, sino profesores de derecho internacional público, o prestigiosos diplomáticos. Luego éstos al menos, ¿se unen para criticar al poder en el sentido del poder difuso, del que hablan algunos franceses? Entonces los abajo firmantes habrán avanzado aún más por la senda libertaria. Pero, ¿con cuántas divisiones cuentan estos intelectuales de la ATA para conjurar la microfísica del poder? Ésta acechará también a cada intelectual o a cada artista, al relacionarse con los otros artistas o con otros intelectuales. Concluirán: «Nosotros luchamos contra el poder ligado al imperialismo de USA.» Otra vez les preguntamos, ¿con cuantas divisiones contáis para acometer esta empresa ? Responderán: «No contamos con la fuerza o con el dinero, contamos con la Razón.» Esto, que no produce vergüenza ajena cuando lo escuchamos de bocas adolescentes, produce sonrojo e indignación cuando lo escuchamos de bocas de individuos «profesionales adultos». ¿Acaso el Imperio no cuenta también con la razón? El lenguaje idealista y mentalista de los abajo firmantes re- basa los límites del ridículo. …

… Obviamente el círculo de un presente histórico contiene en sí mismo varios círculos; por lo que la aplicación de la Idea de presente puede hacerse con un radio variable, más amplio o más restringido. Por último, es preciso introducir una distinción más, capaz de recoger las diferencias entre los presentes históricos ( amplios o reducidos) en su sentido puramente formal (el de los presentes que van sucediéndose, con diferencias posicionales, en la línea del tiempo astronómico, en virtud del mero flujo de las generaciones, pero sin que entre ellas establezcamos una distinción material definida) y los presentes históricos en su sentido material, es decir, el sentido en el cual un presente parece poder ser definido por características no sólo posicionales sino epocales. Esto ocurre cuando a un círculo de presente posicional (un círculo amplio o un círculo restringido) se le confiere alguna característica histórica median- te la cual se supone que el presente (por ejemplo, «nuestro presente») se diferencia materialmente, desde una perspectiva histórica epocal, de los demás. Así, los revolucionarios franceses creyeron que el presente comenzaba en 1 792, y por ello pusieron en esa fecha el principio de un nuevo calendario. 3.

Las características de nuestro Presente material «Nuestro presente», en sentido amplio, tiene características materiales enteramente diferentes, sin duda, de todos los demás «círculos de presente» ya transcurridos. Por ejemplo, demográficamente, nuestro presente es el de una humanidad que puebla el globo terráqueo con más de seis mil millones de hombres, y que ha «racionalizado» la totalidad del espacio antropológico (totum, non totaliter) mediante la tecnología y la ciencia. A esta totalización, llevada a cabo, no desde «la Humanidad», como un todo, sino desde unas partes de esa Humanidad, que han desplegado capacidades para recubrir de algún modo a todas las demás partes (es decir, desde unas partes cuyo nombre político es el de Imperio), la llamamos hoy «Mundialización». «Nuestro presente», en un sentido más estricto, es una fase de esa mundialización, aquella cuyo comienzo suele ponerse en los años en los que se derrumbó el Imperio que durante casi setenta años había pretendido organizar la ordenación del Género humano según las líneas del comunismo, el Imperio de la Unión Soviética. Tras la caída del «Imperio soviético», al final de la década de los ochenta del siglo xx, comienza «nuestro presente», en el sentido estricto. Un presente definido por la «Globalización», ejercida principalmente desde la «parte» del Imperio de los Estados Unidos de Norteamérica.

… Por ello, la «recuperación de la memoria histórica» puede tomar la forma de una reivindicación: porque se supone que el eclipse de esa memoria histórica, que se sustenta en el seno del Género humano, o en la sociedad, no es casual sino intencionado. No se trata de una amnesia, sino de una ocultación, por quienes quieren «enterrar el pasado». Lo que ocurre es que si no hay amnesia tampoco tendría que haber memoria. El concepto de «memoria histórica» pretende remitirnos, por tanto, a un sujeto abstracto (la Sociedad, la Humanidad, una especie de divinidad que todo lo conserva y lo mantiene presente) capaz de conservar en su seno la totalidad del pretérito que los mortales del presente deben descubrir. Esta me- mona histórica tiende a ser una memoria histórica total, que se aproxima a lo que pudiera ser la memoria eterna de quien vive las cosas tota simul etperfectapossesio. Pero este sujeto abstracto, receptáculo de la memoria histórica no existe, es un sujeto metafísico. No hay «memoria histórica». 3. La Historia no tiene que ver especialmente nada con la memoria, sino con el entendimiento La Historia, sencillamente, no es memoria, ni se constituye por la memoria. Es ésta una metáfora muy vieja, sin duda, canonizada por el canciller Bacon de Verulamio, cuando clasificó a las ciencias en función de las «facultades intelectuales» que él consideró esenciales: Memoria, Imaginación, Razón. Así, la Historia sería el producto de la Memoria; la Poesía de la Imaginación y la Filosofía, junto con las Matemáticas, de la Razón. Esta ocurrencia de Bacon, sin perjuicio de su ramplonería psicologista, fue tomada en serio por d’Alembert, en el Discurso preliminar de la Enciclopedia, que la hizo doctrina común entre las gentes de letras, incluidos a los políticos y a los historiadores. Pero la Historia, en lo que tiene de ciencia, no es efecto de la memoria, ni tiene que ver con la memoria más de lo que tenga que ver la Química o las Matemáticas. La Historia no es sencillamente un recuerdo del pasado. La Historia es una interpretación o reconstrucción de las reliquias (que permanecen en el presente) y una ordenación de estas reliquias. Por tanto la Historia es obra del entendimiento, y no de la memoria. 4. La memoria no se asienta en una entidad colectiva sino en los cerebros de los ciudadanos La memoria (y el recuerdo, como la amnesia) tiene como referencia y soporte al cerebro humano (singular) de cada hombre. La memoria, por tanto, sólo puede conservan aquello que cada hombre singular ha experimentado o vivido, dejan- do aparte su herencia genética. Pon tanto la memoria tiene como ámbito aquella parte del mundo envolvente que le ha afectado, la memoria episódica (es decir, aquella memoria mediante la cual las cosas recordadas del mundo mantienen la referencia al instante de la trayectoria biográfica de quien está recordando). Otra cosa es la llamada memoria semántica, que tiene que ver con el lenguaje, con la ciencia, con la «razón». Nadie puede tener memoria, pon lo tanto, de algo que anteceda a su vida propia. Y por ello la Historia no se reduce a la memoria. Nadie puede «recordar» la historia de Amenophis IV, el faraón descubierto pon los egiptólogos, a partir de las reliquias (templos, estatuas, jeroglíficos) que siguen existiendo en el presente. Sólo un impostor o una impostora (acaso un demente) puede decir que tiene memoria histórica del faraón Amenophis IV, porque dice recordar, tras un ejercicio de «regresión hipnótica», haber sido una de sus concubinas.

Octubre 2.005

José Valentín Ramírez

Getafe

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