Hace 16 años JOAN E. GARCÉS publicaba SOBERANOS E INTERVENIDOS (Estrategias globales, americanos y españoles) un extenso y documentado libro donde se pone en evidencia el intervencionismo norteamericano en España. Intervencionismo que como muestra el libro con abundantes referencias se ha producido por infinidad de paises de  todo el globo. Intervencionismo tambien por parte de otras potencias como Inglaterra, Francia y Alemania. Intervencinismo que ha relegado a nuestro pais a ser un subordinado fiel de esos paises. Hay que ver que la crisis actual tiene dificil solución si no se rompe con esa dependencia y sumisión a esos paises y a los poderes económicos que los gobiernan.

Puedes ver aquí un resumen de ese libro Puesto a disposición de todo por el CAUM:soberanos

Este es un fragmento de ese libro que explica bien la cuestión:

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Las posibilidades que abría el fin de la guerra fría eran difíciles de alcanzar para españoles, portugueses y latinoamericanos en la medida que continuaban uncidos a rejuvenecidas zonas, o subzonas, de influencia. «Ne soyez pas myopes, l’Espagne est en vente», fue un eslogan de la campaña impulsada después de 1986 entre consorcios empresariales por el francés Jacques Delors, presidente de la Comunidad Económica Europea . Ni un solo responsable español  le salió al paso. ¿A qué intereses últimos respondía semejante establishment?  Alguien podría confortarse pensando que nuestra historia contemporánea ha conocido otras coyunturas semejantes, pero ésta se situaba en una perspectiva nueva. Dentro de diez años, decía Delors en el verano de 1988, el 80% de las decisiones sociales y económicas de los Estados de la CEE se tomarán en Bruselas. La correlación de intereses que en los órganos representativos del Estado español sería de esperar que fuera favorable a sus ciudadanos, no puede serlo en Bruselas, el peso relativo de sus empresas y lobbies es inferior al de alemanes, franceses o británicos ¿Qué destino espera a los pueblos sin Estado digno de tal nombre, gobernados desde un centro de poder que ni les responde democráticamente ni puedan controlar? La sumisión o la revuelta, con sus costes inherentes. En marzo de 1994, durante la negociación para ampliar la CEE a Austria y a los países Escandinavos, bastó que el gobierno español tratara de mantener el porcentaje hasta entonces vigente en la toma de decisiones —limitando a 23 el número de votos susceptible de bloquear una resolución del Consejo Europeo— para que Klaus Kinkel, ministro de Asuntos Exteriores alemán, afirmara que «estoy dispuesto a romperle el espinazo a España»  . Una semana después (27 de marzo), González Márquez aceptaba que la minoría de bloqueo se elevara de 23 a 27 votos.

¿Cabe hablar de independencia cuando el Estado es un referente nominal, del pasado? La interferencia de un Estado en otro tiene lugar en la medida que existan intereses y voluntades diferenciados, de otro modo no cabe conciencia de estar intervenidos. Es el cáncer que carcome a españoles y latinoamericanos. En el régimen de partidos de la España posfranquista las pocas personas que confeccionaron las listas cerradas y bloqueadas que dominaban el Parlamento nacieron con estipendios alemanes, y rivalizaban entre ellos por recibir más deutsche-marks. Durante los días anteriores al referéndum de 1986 sobre la extensión de la OTAN a España, el ex canciller Willy Brand (socialdemócrata) hizo publicitar lo que los españoles debían votar, el canciller Kohl (democristiano) y el ministro de Exteriores Genscher (liberal) se sumaron a la campaña agregando que su anterior ingreso en la CEE obligaba a los españoles a subordinarse a la OTAN.  A nadie en el establishment español se le oyó balbucear que los dirigentes de Alemania no podían dictar su política a los ciudadanos de otro Estado. Eso sí, los políticos españoles financiados por Alemania hicieron todos campaña a favor de la absorción de los recurso de España por el Bloque Militar.

La absorción en 1939 de España en la alianza germano-italiana contra la URSS, en la de la OTAN y en una concepción federal de la CEE en 1981-1986, entrañaban potencialidades de desligitimación y desintegración del Estado comparables, mutatis mutandi, a las que derivaron del ingreso de España en la alianza europea en 1796 (Tratado de San Ildefonso). En la última década del siglo XX, el sistema político español funcionaba como la mayor parte de los latinoamericanos: sus élites dominantes razonaban conforme a la premisa de que la soberanía popular y nacional habían históricamente fenecido. En el seno de la Coalición que sostuvo la guerra fría, la función encomendada a los gobiernos era adaptar y ejecutar decisiones decididas en los centros de la Coalición, mantener el orden público interno aún a costa de la cohesión social. El final de la guerra les impulsó a pedir que se institucionalizara el legado de aquélla. Como si temieran que antes de alcanzar un punto de no retorno los ciudadanos tomaran conciencia de las consecuencias del camino seguido. La palabra “Europa” fue la invocación encantatoria para cubrir lo que se deseaba recibir de la CEE: nacionalidad, dirección económica, mando militar, directrices diplomáticas, partidos que encuadraran a los electores locales. Y se impacientaban cuando tales ansias encontraban un rechazo total o parcial en Estados que, aunque miembros de la CEE, no se consideraban en liquidación, como Dinamarca, Francia y Gran Bretaña. Lo propio cabía decir de la función ideológica que tanto en España como en América Latina cumplían los conceptos de “modernización”, “globalidad”, etc. coberturas actualizadas de añejas relaciones de subordinación-dominación.

La dictadura a la que los españoles fueron sometidos había deslegitimado el Estado y la conciencia de identificación con la Nación hasta tal grado que, fallecido el Dictador (1975), el régimen que le sucedió se protegió bajo el alero político-económico de la CEE y el militar de la OTAN. Ralph Dahrendorf ha sostenido que cuando previno a «Felipe González del altísimo precio que tendría que pagar España para entrar en la CEE si aceptaba las condiciones que Francia y Alemania le imponían [en 1985]», González le contestó que «estaba dispuesto a aceptar cualquier acuerdo»  . El Secretario de Estado español para la CEE replicaba a Dahrendorf que había que entrar para consolidar el sistema democrático y hacer la modernización económica. Nunca hubiéramos logrado esto último por nuestro propio impulso. Las sociedades, por sí solas, pueden ser dominadas por sus demonios familiares.

Recordemos nosotros aquí más bien que González había sido cooptado desde el Eje París-Bonn en la operación de Suresnes de 1974, parte de un proceso en que las élites dirigentes de la Dictadura, moralmente aisladas de la sociedad, estaban siendo relevadas por equipos estipendiados. Alberto Oliart —el ministro de Defensa que suscribió la extensión de la OTAN a España en 1981—, postulaba que «una Europa efectivamente unida […] podría convertirse en una gran potencia militar. […] Lo único [de soberanía nacional] que cederíamos a esa Europa sería algo que hoy ya tenemos en precario y disminuido» . El eco se oía en otro ángulo: «La unidad europea es la garante de la cohesión de esa nación de naciones que es España […] si la Unión Europea fracasase, la misma existencia de España entraría en peligro […]»; «ya no tiene nada que hacer un partido a nivel nacional. Si se rompe el proceso de unidad europea, vamos al desastre»  . Tal proceso llevaba más bien a otro puerto: «los Estados europeos van a quedar como autonomías, y nosotros los vascos no tenemos por qué estar en esa superestructura a través de la [región autónoma] que será España. Estaremos ahí como está Holanda o Bélgica»  ; «yo sigo mirando a Europa con mucho optimismo y, aunque nos perjudique, estoy deseando que Alemania, Francia y el Benelux creen una moneda común» , «Felipe González y yo pensamos casi de la misma manera sobre Europa» . El analista Javier Pradera había apuntado:

la quiebra de las desmesuradas expectativas despertadas hace meses por [el Tratado de] Maastricht amenaza con crear una crisis de identidad a nuestra clase dirigente, que había colocado todos sus proyectos en la cesta europeísta y que podría quedarse ahora vacía de ideas y de retórica. El desconcierto oficial ante la imprevista situación desencadenada por la recesión económica y la crisis europeísta —una hipótesis no contemplada— explica tal vez las contradicciones entre los ministros y la patética comparecencia de Felipe González [en el Congreso]; porque resulta difícil encontrar el hilo del nuevo relato después de haber recitado durante tanto tiempo el cuento de la lechera .

¿Pueden todavía crear los latinoamericanos, españoles o portugueses proyectos nacionales? Difícilmente, si sus élites y organizaciones representativas no son endógenas. Esta es la realidad que nos rodea y domina. El experimentado economista Perpiñá Grau había concluido en 1986: «nos han colonizado —en el sentido de Delaisi en Les deux Europes»  . En efecto, la visión del francés Delaisi en 1929 nos aporta un sugestivo útil para contemplar la Europa de después de la guerra fría. Entendía aquel que la Europa A —el perímetro industrial entre Estocolmo, Budapest, Florencia, Bilbao, Glasgow y Bergen—, debía retirarse de los imperios coloniales y «regresar a Europa» para integrar al conjunto de los mercados europeos, y convertir en principal destino de sus inversiones de capital y exportación de productos manufacturados a la Europa B —el resto, Rusia incluida-reducida a principal proveedora de materias primas y mano de obra para la Europa A; y otorgar preferencia a los mercados de la Europa B sobre los que denominaba «Europa de ultramar» (EE UU, Canadá, Uruguay, El Cabo, Australia, Nueva Zelanda, Argentina, Chile)—, o los de Oriente, los intertropicales y los sometidos a dominio colonial . Seis décadas después, en 1988, Jacques Delors desde la Presidencia de la Comisión Ejecutiva de la CEE venía a proponer que viéramos en la Europa del Este un “círculo” de países con funciones equivalentes a las atribuidas por Delaisi a la Europa “B” —en órbita alrededor de los mercados de la Europa “A”, esencialmente los fundadores de la CEE (Alemania, Francia, Italia, Benelux).

Semejante concepción, impulsada por la burocracia de Bruselas, nunca fue realista. Y aún menos para los intereses españoles. Impuso políticas económicas recesionistas, subordinó las condiciones sociales de la población al capital financiero cuando en España el desempleo sobrepasaba el 22%, y olvidaba la propia historia económica del Continente al convertir a los mercados en fuerza directriz de las sociedades. Al estimular el desmantelamiento de los Estados según criterios étnicos (algo coherente para la antropología de los pueblos germánicos), esparcía simientes de guerra en aquellos pueblos que —como los de ascendencia latina— se identifican más según criterios de territorio, cultura y valores cívicos que no de sangre o raza. En Europa, lo realista es respetar a las Naciones, y no tratar de subordinarlas a regiones administrativas reguladas por mercados y subsidios. Reconocer la debida prioridad de los factores políticos, no excluir a Gran Bretaña, ni a Rusia, ni a Turquía, obliga a Europa a mirar hacia el Oeste y el Este. Pero también hacia el Sur. Los españoles no debieran dejarse aislar de su propio mundo cultural, tan europeo como mediterráneo y latinoamericano. En otros términos, debiera descartarse por irreal el horizonte de una Federación de Estados y caminar hacia una Confederación, meta ya de por sí muy problemática y cuya construcción requeriría de geometrías variables y ritmos varios que, en todo caso, deberían evitar la deriva eurocéntrica y articularse con el resto del Mundo.

Fue coyuntural el curso que hacia su desligitimación-desintegración material experimentaron los Estados de América Latina y España durante la guerra fría. Y reversible, en la medida que existen intereses sociales, económicos, culturales, nacionales en suma, susceptibles de generar y defender proyectos colectivos representativos. Que respondan ante la sociedad, abiertos a un Mundo plural y que traten de evitar a sus pueblos ser objeto de repartos en zonas de influencia. Mientras el sistema económico mundial continúe apoyándose sobre unidades empresariales, la comunidad nacional necesitará medios para defender sus intereses diferenciados. En los hechos, nuestro espacio económico y recursos humanos y culturales continúan hoy bajo el control de centros que nos tienen en su área de influencia. Y la lógica de los mercados tiende a desmantelar a los Estados al considerarlos un estorbo a la especulación de capitales flotantes, a sus exigencias de sobreproducción y desvalorización periódicas.

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