¿Qué le pasa al alma de los progresistas?

LUIS ARROYO (El país 29-12-2010)

Los conservadores ponen un precio a su alma 14 veces superior al que le ponen a la suya los progresistas. Literalmente. El profesor Jon Haidt mantiene desde hace meses una investigación en la que pregunta a miles de personas por cuánto dinero firmarían un papel que dijera “vendo mi alma a quien encuentre este papel después de mi muerte”. Los progresistas exigen 35.000 dólares y los conservadores  500.000.

El pintoresco hallazgo de Haidt se completa con otros: los progresistas exigirían sustan-cialmente menos dinero que los conservadores por cocinar y comerse a su propio perro muerto por causas naturales o por someterse a una transfusión de sangre de un abusador de menores.

Esas preguntas son indicadores de una de las dimensiones que constituyen el ecualizador moral y político de la gente: la dimensión Santidad. Los conservadores tienen un mayor aprecio por un supuesto orden trascendente de las cosas, no solo religioso. Son más reticentes a la “contaminación” de lo “natural”, al mestizaje, a los experimentos científicos.

Además de puntuar más alto que los progresistas en Santidad, los conservadores valoran también más la Autoridad y la Pertenencia, otras dos dimensiones del ecualizador moral del que todos estamos provistos desde que nacemos. Más temerosos del desorden, más asustadizos en la incertidumbre, los conservadores valoran más que los progresistas la existencia de una autoridad fuerte: por eso ellos exigen más dinero por insultar a sus padres, aunque sea en broma, o por hacer un gesto insultante a un jefe o un pro-fesor. Y con sentimientos más gregarios sobre su nación o su etnia, los conservadores puntúan también más alto en Pertenencia, y exigen más dinero por quemar en la intimidad una bandera de su nación o por apostar públicamente por el equipo deportivo rival, por ejemplo.

Los conservadores lo son porque estiman la autoridad clara, el respeto por las costumbres arraigadas en la tradición o la divinidad, el patriotismo y la identidad colectiva.

Digamos de paso que los progresistas no nos identificamos con los autoritarismos o populismos de izquierda porque no creemos que sean progresistas. Al recurrir al dogma comunista como fuente de inspiración, al militarismo como expresión de la autoridad, al “patria o muerte” y al simbolismo cuasi religioso de Bolívar o Martí, líderes como Chávez o Castro se convierten en líderes rabiosamente conservadores, por muy de izquierdas que se presenten.

El alma progresista, por tanto, tiene un problema de origen, y es que minusvalora elementos que son muy importantes para mucha gente, y que tienen que ver con el respeto por la autoridad, el sentimiento identitario, y la veneración por unos ciertos principios trascedentes.

Esto no fue un problema para los progresistas del mundo entero cuando, a lo largo de la historia, defendieron sus causas apelando a los dos fundamentos morales en los que ellos sí están fuertes, las dos clavijas que aún nos quedan en el ecualizador moral de la gente: la clavija de la Protección y la clavija de la Justicia.

Los progresistas puntúan más alto que los conservadores en la primera de ellas, en la de la Protección. Exigen, tomando de nuevo un ejemplo de Haidt, más dinero por pinchar con una aguja la mano de un niño desconocido, o por pegar un golpe a un perro en la cabeza. En materia de Justicia, sin embargo, tanto progresistas como conservadores puntúan igual, exigiendo un millón de dólares por hacer cosas como robar a un pobre para hacer un regalo a un rico o firmar en secreto el compromiso de no contratar gente de una determinada raza en la empresa.

El alma progresista, en todo el mundo, durante toda la historia de la Humanidad, ha tenido siempre una fuerte componente de protección de los seres humanos y de otras especies (y por tanto la solidaridad, la compren-sión, la escucha, la democracia, la tolerancia…) y de defensa de la justicia (y por tanto la proporcionalidad de premios y castigos, la defensa de la igualdad de oportunidades y la extensión de derechos para todos).

De la distinta configuración del ecualizador de conservadores y progresistas en estas cinco clavijas deriva también la distinta concepción que unos y otros tienen de una sexta dimensión (que Haidt está incorporando a su modelo): la de la Libertad.

Como los progresistas no estiman tanto la autoridad y sí la justicia, puntúan alto en una concepción positiva de la Libertad: la libertad como estilo de vida, es decir, que cada cual haga lo que crea y quiera. Los conservadores puntúan alto, por el contrario, en Libertad negativa, en sentido de no intervención: que el Estado no se meta en la vida de la gente, algo que los progresistas consideran necesario para promover la Protección y la Justicia.

La narrativa progresista ha sido siempre, y siempre será, de protección y de justicia, por lo que son millones los que se desencantan con gobernantes que parecen haber renunciado a esos principios, sea manteniendo abierto Guantánamo, extendiendo exenciones fiscales a los más ricos o recortando ayudas a los más débiles. El sometimiento a “los mercados”, las agencias de valoración o los burócratas de Bruselas no hace sino romper con la narrativa genuinamente progresista: la protección y promoción de los débiles frente a los fuertes.

Casi todo puede explicarse con un marco más bien progresista o más bien conservador. Por ejemplo, exigir consentimiento paterno a una joven de 16 años para abortar —reforzar la autoridad— es conservador; garantizar que nadie, ni siquiera una madre o un padre, impone a una joven de 16 años la maternidad es progresista, porque se garantiza la protección de la parte más débil. Aumentar la edad de jubilación puede ser conservador —autoridad— y también progresista —garantizar el mantenimiento de la protección pública futura—.

Pero para que la gente lo vea de una u otra manera hay que defender los principios morales subyacentes desde el principio, no después. Conversando sobre el futuro de la izquierda, Tony Blair nos decía hace algunas semanas en Nueva York que desconfiáramos de quien afirmara que “tenemos un problema de comunicación” cuando lo que solemos tener es un problema de políticas.

Yo creo que son las dos cosas. Los progresistas tienen el desafío de hacer y enmarcar sistemáticamente sus políticas como políticas de protección y justicia social, la protección de los débiles frente a las fuertes. Esa es su música. Y deben además mostrarse sensibles a la música conservadora, para que el sonido llegue con un ecualizador de cinco clavijas y no solo de dos. Por eso deben demostrar que también les importa la autoridad (y el mérito y la disciplina), la santidad (de todas las creencias, no solo de la dominante, lo que desespera frecuentemente a sus adversarios conservadores) y la pertenencia (no patriotera, sino patriótica en el sentido más noble del término).

Los progresistas deberán fomentar el control de las instituciones públicas sobre las grandes corporaciones, las bolsas y los especuladores; promover el sentimiento de pertenencia a entidades nacionales y supranacionales, como Europa, en nuestro caso; respetar la presencia y el ejercicio de (todas) las religiones y creencias; exigir el respeto a la autoridad de la Ley igual para todos, sin excepción, y el premio al mérito y la disciplina. Mientras lo hacen, elevando las teclas de la Autoridad, la Pertenencia y la Santidad, deben mantener bien altas, cómo no, las que le son más familiares: las de la Protección y la Justicia.

Harán así música que los ciudadanos entenderán y aplaudirán. Abandonar aquellos tres fundamentos morales es un error, pero es trágico observar que algunos líderes progresistas parecen a veces renunciar directamente a los cinco.

Luis Arroyo es presidente de Asesores de Comunicación Pública y autor de El poder en escena.

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