Publicado en la web de izquierda unida en marzo 2.012

Se reaviva la trituradora…

Artículo de opinión de JVRC (puedes leero en formato PDF pinchando aquí)El PP reaviva la trituradora…

Cando reflexiono acerca de la actitud del PP en los lugares donde gobierna siempre me pregunto ¿Esto no ha pasado ya antes?. En realidad es una pregunta retórica. Tengo la certeza de que el PP vuelve a repetir sus mismas actitudes prepotentes y antidemocráticas siempre que sus mayorías se lo permiten. Del “hablar catalán en la intimidad”, Aznar pasó a perseguir a los nacionalistas cuando tuvo mayoría absoluta. Quizás pensaba: “Aquí los únicos NACIonales somos nosotros.”.

Si viviese José Antonio Labordeta, la segunda parte de su “memoria de un beduino en el congreso”.. hubiera tenido que ser la fotocopia de la primera pero cambiando Aznar por Rajoy y poco más.

Recomiendo vivamente la lectura del citado libro, está descrito de una manera muy amena pero rezuma sinceridad en cada página… incluso cuando coloca varias banderillas a Izquierda Unida y al PCE. (“no le falta razón pensé yo”).

Para animar a su lectura, o simplemente para que comprendamos mejor porque todo lo que hace el PP nos suena a rancio… voy a mostraros algunos párrafos de la citada obra:

MEMORIAS DE UN BEDUINO EN EL CONGRESO DE LOS DIPUTADOS
JOSE ANTONIO LABORDETA,
ZETA BOLSILLO, 2010
ISBN 9788498723410

Fragmentos:

Las huestes peperas se sofocaron. Rudi llamó al silencio a los suyos, y Anasagasti, pasando de tirios y troyanos, reclamó una España republicana destrozada por los exilios —él es un producto de ese suceso— y la vuelta a un país donde la mentira y la manipulación no fueran capaces de obtener mayorías absolutas. Con una rotundidad total confirmó el no al presidente, que, nervioso, escondía entre sus manos la libretita e intentaba mostrar, por debajo de su bigotito, una mueca agria de ironía. La respuesta al portavoz del PNV fue durísima. (Aznar) Respondió con una rabia lacerante que se repetiría a lo largo de muchas sesiones de la séptima legislatura, entre el contento y la alegría de los suyos y el cabreo y la incomprensión de los que estábamos a este lado de la franja azul.

En su arranque mezcló la meteorología vasca con el terrorismo y el separatismo para romper España, y curiosamente esa maldita mezcla de pura confusión la seguiría utilizando durante todo su gobierno y se la transmitiría a sus futuros delfínes, tan asustadizos como timoratos.

Contra los comunistas, todo. Contra los separatistas catalanes, ni agua, ni nada de nada. «Ustedes —les decía—sólo quieren ser catalanes.» Y un gran asombro retumbaba de pared a pared del hemiciclo. La conclusión había sido asombrosa.

El clímax se hizo rudo, agreste, y hubo ciertas movidas de malestar en todas las bancadas.

—Empezamos bien —me dijo Saura.

—Vaya ambiente —ironizó el «beneguero» señor Vázquez.

—Esto está peor que en la anterior legislatura —comentó la diputada Lasagabaster—; en aquélla tenía que sonreír a vascos y catalanes, y aquí se lanza a la yugular de quien le lleve la contraria.
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Si alguien inventó algo para controlar al personal, eso fue la televisión, y por esa razón todos los gobiernos apechugan con su desvergüenza democrática y la utilizan, la manipulan y abusan de ella sin ningún pudor.

—————————————————————-Cuando llegué a esa comisión pronto me di cuenta de que controlar Televisión Española era como una especie de juego entre la hormiga y el elefante. Ellos, los del Gobierno, lo tenían todo con su mayoría, y si les faltaba algo nombraban a directores generales al servicio del aparato estatal, como fue el caso del señor González Ferrari, cuya obediencia le sirvió para obtener prebendas importantes para su futuro profesional, aunque su pregón del día del Pilar en Zaragoza acabó con una rechifla general por parte de los miles de zaragozanos que estaban bajo el balcón del Ayuntamiento dispuestos a abuchear a quien constituía el símbolo de una burda manipulación televisiva.

Su oscuro sucesor fue el señor Sánchez Domínguez, quien, aupado al poder tras el ascenso de su partido, llegó a pasarse la comisión de Control por las entrepiernas. Ambas dos.

Siempre supe que el avance consistía en que en los ministerios esas proposiciones pasaban de mesa en mesa, de despacho en despacho, hasta que el olvido recuperaba el orden establecido.

La comisión se reunía una vez al mes desde las nueve de la mañana hasta cerca de las dos. Era los miércoles, justo el día en que por la tarde había control del Gobierno —otra pamema—, y por esa razón los de la oposición acudíamos con toda la carga dialéctica posible y denunciábamos de todo y sobre todo.

Al poco de llegar pregunté, con toda la buena voluntad del mundo, lo siguiente: «Opinión del director general del Ente Público de Radio y Televisión Española acerca de la información ofrecida en la radio y la televisión el día 8 de octubre de 2000 relativa a la manifestación celebrada en Zaragoza contra el Plan Hidrológico Nacional y el trasvase del Ebro».

La respuesta: «Suficiente».

Más de cien mil zaragozanos habíamos salido a la calle, y en la tele sacaron, sobre todo, las declaraciones del ministro y de alguna persona de las zonas del sureste que reclamaban el agua. De los nuestros, ni una palabra.

Y esa manipulación llegó a su punto culminante el día en que el «servidor» del Gobierno, señor Urdaci, manipuló la información sobre la Huelga, y cuando tuvo que dar la rectificación de la noticia, exigida por la sentencia de la Audiencia Nacional, dijo, al referirse al sindicato Comisiones Obreras: «CC.OO…», y lo restante es preferible no oírlo. Nada pasó. Todo siguió inamovible. Impertérritos los jefes y asqueados los que tomábamos en serio aquello de la dignidad y de la libertad de expresión.

Los directores generales, con un cinismo de la mejor escuela, rechazaban todas y cada una de las quejas y propuestas, y aunque la señora Alborch, diputada del PSOE, presidiera la comisión, permanecía como un invitado de piedra: sin opinar ni decir nada de nada. Tan sólo cuando la reyerta llegaba a puntos insostenibles, pedía calma. Unas veces lo conseguía y otras el portavoz del PSOE se quedaba sin voz ante el alboroto que le organizaban los del PP y el nivel de volumen que tenía que alcanzar su parlamento.

El turno del partido en el Gobierno llegaba con las últimas preguntas; entonces los cantos de gloria y alabanza alcanzaban tal grado que algunos periodistas se sonrojaban, a pesar de llevar años cubriendo esta comisión.

—Nunca —me decía un viejo colega de los días de cantar y callar— se habían dado estos niveles de desvergüenza y de cinismo hipócrita.

Era curioso, pero el partido en el Gobierno se preparaba ya para intentar salir airoso de todos los problemas que se le fuesen presentando, sin más explicaciones que las más pobres razones, y para ello manipularon y sometieron a TVE a un brutal descrédito.
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… Ingenuos, sí, pero con el carácter despierto hacia un mundo donde las ineptitudes se evalúan más que al tipo silencioso que contempla la vida con la sospecha de que algo no va bien y de que alguien le está sacando la sangre por debajo de la puerta.

Toda esta meditación viene a cuento porque a los pocos días de que el señor Aznar llegase con su mayoría, a raíz de los intereses urbanísticos de determinadas zonas de este país, se sacó de la manga la obligatoriedad de regar zonas necesitadas de ella y escondió las verdaderas intenciones, detrás de la lacrimógena defensa de la horticultura levantina, cuando la verdadera horticultura consistía en que cada día la especulación urbanística avanzaba y a los turistas, aunque sean de mi pueblo, les gusta ducharse, beber un poco de agua y tirar de la cadena del retrete. De manera que para sacar adelante los apabullantes negocios que en estos días llevan a bastantes alcaldes, concejales, funcionarios y demás ralea delante de los tribunales, el PP se sacó de la manga un Plan Hidrológico Nacional que todos vimos con buenos ojos, pero que servía, sobre todo, para proponer un trasvase de aguas del Ebro a esas tierras repletas de bañistas, dando la puntilla definitiva a los grandes territorios desérticos de Aragón y de Navarra, y salando brutalmente uno de los escasos humedales del Mediterráneo: el delta del Ebro.
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El señor Aznar, que tanto amaba la unidad de las tierras y los pueblos de España, consiguió, mediante una interpretación falsa de la realidad, provocar el enfrentamiento de varias comunidades. Lo más gracioso de todo esto era, y es, que mientras ingenuamente el sentimiento se pone al servicio de una idea, unos, los más espabilados, se enriquecen utilizando todos los medios posibles de especulación.

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Cuando le confirmé que iba mucho a Teruel, desde esas bancadas, en las que permanecían escasos diputados, de esos que podríamos llamar los hooligans, cuyo único objetivo es desconcertar a quien está en la tribuna, aumentaron los rumores. Cuando afirmé y reafirmé que iba a Teruel, los de la «movida» comenzaron a removerse y a intentar desconcertarme recordándome, cada vez de una manera más ofensiva, mi trabajo televisivo en la serie de Un país en la mochila, y alguno hasta me dijo: «Canta, cantautor de las narices».

Y ahí salté. No pude más. La tensión acumulada esos días con la violencia contra Iraq y las largas sesiones de enfrentamientos dialécticos con un muro de duro cemento humano me lanzaron a la dialéctica de la descalificación por encima de todo.

Transcribo lo que consta en el Diario de Sesiones, aunque, como más de una vez dije, harían falta micrófonos de ambiente para que los radioescuchas y los televidentes oyesen expresiones que conducen a actitudes que, sin ser oídas las razones, hacen pensar que uno está loco, es un mal hablado o, por no saber qué añadir, sale por los cerros de Úbeda.

Dije:

—¿No puede uno hablar aquí o qué? Coño, a ver si no puede uno hablar aquí. A la mierda, joder. —Rumores—. Estoy hablando con el ministro y no con ustedes. —Continúan los rumores—. Ustedes están habituados a hablar siempre porque aquí han controlado el poder toda la vida y ahora les fastidia que vengamos aquí a poder hablar las gentes que hemos estado torturados por la dictadura. Eso es lo que les jode a ustedes, coño, y es verdad, joder. A la mierda.

Reconozco que no fue una pieza de oratoria perfecta, pero gran parte del país, que estaba ya harta de los desaires de los populares, del despotismo desilustrado de muchos de sus ministros y de la brutal desfachatez de Aznar, tomaron este polémico «discurso» como un «a la mierda» de ese nefasto personaje que, durante ocho años, gobernó este país con el cinismo de pactar con vascos y catalanes, arrumbarlos en las cunetas, casar a su niña en El Escorial como si fuese una princesita y crear un enfrentamiento entre comunidades por valoraciones económicas distintas.

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En la discusión sobre todos esos asuntos, el PP no aceptó ni una sola enmienda de las presentadas en la comisión y en el Pleno. Por no mentir, aceptaron la corrección de una coma en una frase que sin ella significaba lo contrario. El sentimiento de ser cada vez mas inútil hacía que en la calle, con las gentes que estaban contra la guerra, que pedían paz para un país que iban a destruir y han destruido, te sintieses como un ciudadano que reclamaba derechos que en aquellos momentos se pisoteaban.

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Los roucos y los várelas.

Pronto empezaron las refriegas violentas contra el Gobierno de Zapatero, y llegaban desde todos los ángulos reaccionarios del país.

No podían soportar que una serie de leyes que iban a liberar a mucha gente represaliada por años de un catolicismo integrista se abriesen paso en una cámara dominada por una mayoría de votos progresistas.

Los órganos reaccionarios se unieron bajo pancartas de falsedad y reclamaron la dimisión del Presidente, a quien el líder de la oposición, señor Rajoy, llegó a decirle que traicionaba a los muertos. Y con esa agria polémica que no debemos olvidar, la derecha se echó a la calle, tomando como principio aquellas palabras de Fraga, «la calle es mía». Y se hizo durante tres grandes manifestaciones de los seguidores del señor cardenal Rouco Varela y sus huestes carcamales y agrias, reclamando la vuelta a aquellos años oscuros en que paseaban al señor Franco bajo palio, como si fuera la hostia, que, aunque, como decía un viejo militante de las izquierdas clandestinas, lo sacaban así porque «era la rehostia».

Y con este triste y negro presagio de negar al Parlamento sus poderes jurídicos, durante varias tardes y anochecidas las calles de Madrid se llenaron de banderas rojigualdas, insultos a Zapatero y reclamaciones de anular todo lo que habíamos decidido sacar adelante en el hemiciclo.

La voz cantante y figura valleinclanesca de todo este tugurio fue el paisano de don Ramón, ahora elevado a la curia cardenalicia, monseñor Rouco.

—————————————————————-En la tertulia de Los desayunos me sentía muy a gusto con los dos contertulios y con la ironía de Pepa Bueno. Eran personas con talante democrático y uno sentía que a un hombre como Herrero de Miñón la brutalidad de la política española lo habría marginado, dejando en su lugar a un personaje turbio y retorcido como el señor Aznar.

—————————————————————-En el Congreso la vida continuaba, y una serie de leyes conflictivas iba a elevar el tono de la «paz zapateril» que el presidente impartía hacia los bancos irritados de la derecha nacional.

Habíamos superado la ley de matrimonios homosexuales, se habían roto las negociaciones con ETA, queríamos sacar adelante una ley de la Memoria Histórica; todo ello mientras en las calles reventaban los gritos desaforados de odio y rabia de los roucos y varelas en defensa de esa nación que parecía que la hubiesen parido sus padres y sus madres. Lo que buscaban era no dejarnos tomar aliento para tratar sobre la nueva Ley de Educación y de los estatutos de Cataluña y Aragón.

La Ley de Educación, a pesar de la magnífica presidencia de doña Mercedes Cabrera y de su secretario Mario Bedera, se fue descafeinando hasta acabar en una ley que defendía la enseñanza privada y aceptaba la religión católica con una gran ambigüedad. El PP votó en contra, fundamentalmente por la rabia que le producía ver su antiguo proyecto desbancado. No hay que olvidar, para confirmación de esta posición, el mitin final de una diputada en otro tiempo moderada como era Ana Pastor, ex ministra de Sanidad: ante su ataque al trabajo de la comisión me levanté y abandoné la sala, diciendo en voz alta que aquellas frases eran dignas de los programas radiofónicos de la COPE.

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La Ley de la Memoria Histórica.

Otro proyecto que iba a levantar ampollas entre los miembros del PP y sus roucos y varelas de griterío callejero fue el de Ley de la Memoria Histórica, que intentaba restituir en su sitio a los que perdieron la guerra, a los que sufrieron persecuciones franquistas y a todos aquellos que en las cunetas de las carreteras españolas fueron asesinados por falangistas y requetés.

La ley iba a salir adelante aunque el señor Zaplana, portavoz agreste y pinturero del PP en la legislatura, incidiese en todos los males que el proyecto traería para España. Acabada su larga diatriba, después de mentar a Azaña y a Indalecio Prieto como ejemplo de españoles honrados, dijo:

—Reconozca que esta ley hace bien poco por las víctimas, pero en cambio se ha volcado en atender a quienes aún hoy ni siquiera respetan la libertad, la dignidad, la democracia, la Constitución, como son los terroristas. A ésos sí que se les permite beneficiarse de algún tipo de ayudas de las contempladas en esta ley.

»El resultado de esta ley es que en estos dos últimos años hemos visto reabrirse viejas cuentas que dimos por cerradas.

Finalmente, el señor presidente de la cámara le dijo: —Gracias, señor Zaplana, no le puedo permitir más. El señor Zaplana señaló:

—Acabo, señor presidente. Señores de la mayoría, dejen de mirar por el retrovisor y miren al frente. —Rumores—. Si de verdad miran al frente, si de verdad creen que la política de consenso —¡«Jodo», pienso yo!— es algo de lo que nos podemos sentir orgullosos los ciudadanos españoles, y especialmente la clase política, vuelvan a ella. Si vuelven sinceramente a ella, saben que allí nos encontrarán. Gracias.

Aplausos de las señoras y los señores diputados del Grupo Parlamentario Popular, puestos en pie.

El señor presidente dijo:

—Gracias. Comenzamos el turno de fijación de posiciones. En primer lugar, señor Labordeta.

—Muchas gracias, señor presidente. Quiero comenzar esta fijación de posiciones leyendo el texto del catedrático de la Universidad de Zaragoza Julián Casanova, que dice: «Los pasados traumáticos de guerras y dictaduras suelen provocar conflictos entre diferentes memorias individuales y de grupos, entre distintas maneras de mirar la historia», y como declaró hace ya décadas el historiador conservador alemán Ernst Nolte, a propósito del nazismo: «El pasado no quiere irse». Precisamente por estas razones, añado: nuestro pasado corresponde a cuarenta años de represión, y por eso queremos salir del pozo del terror y del dolor que sobrepasó a la Guerra Civil, en el mismo 1939 (las Trece Rosas Rojas), y terminó en noviembre de 1975.

»Vamos a dar nuestro apoyo a esta ley, porque queremos que todos los heridos de la guerra sean de una vez caballeros mutilados, y no que los que defendieron la legalidad republicana sean putos rojos, y que hoy, víspera de difuntos, a todos los familiares de todos aquellos que fueron asesinados en las cunetas y en las tapias de los cementerios durante la dictadura, les llegue una paz verdadera al sentir reparada en parte (no del todo) su brutal injusticia. Ojalá que la teoría de Nolte sobre el nazismo no se cumpla con el franquismo y que el pasado del enfrentamiento fratricida y la brutal represión de la dictadura puedan quedar ya para las páginas de los libros de historia.

»Señor Zaplana, Azaña e Indalecio Prieto murieron en el exilio.

»Muchas gracias.

….

Todos los discursos fueron por la línea de sacar adelante la ley con una mayoría, pero hubo un discurso que personalmente me emocionó por la ideología conservadora de la diputada de Coalición Canaria, señora Oramas González, y que con una posición de fijación muy clara iba a dar su voto afirmativo a esta ley diciendo:

—Ampliación de derechos, honor y paz para todas las familias españolas e igual dignidad, memoria familiar y memoria pública para afrontar un futuro común. Ése es el deseo de los españoles y es el apoyo que Coalición Canaria dará a esta ley.

»Tan sólo quiero decir que nos hubiese gustado que en esta tribuna personas como Florisel Mendoza, Pedro Lezcano o Ramón Rojas hubieran visto hoy aprobada esta ley. Nuestra memoria para ellos. Muchas gracias.

A la hora de la votación la ley sacó mayoría y con una gran ovación se festejó a las gentes que, desde la tribuna de invitados, habían seguido el proceso. Muchos de aquellos hombres y mujeres lloraban, y a mí, por qué coño no decirlo, se me arrasaron los ojos en lágrimas. Pensaba, con la vieja ingenuidad del Beduino, que habíamos ganado una dura pelea.

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Últimas tardes con la bronca.

Las tardes de los miércoles eran las fechas de control del Gobierno por parte de la oposición y de los propios miembros de su partido, que siempre acababan en un «botafumeiro» un tanto vergonzoso.

Los de la oposición utilizábamos ese escaso tiempo de preguntas —cinco minutos para inquirir y responder—para que los ministros nos aclarasen dudas e interrogantes sobre problemas que en nuestras comunidades se daban.

El PP, lo mismo los jefes que los peones, utilizaba ese espacio de preguntas, sobre todo, para intentar dejar en ridículo al señor Zapatero o a su vicepresidenta. Cuando ambos dejaban de ser interrogados podía suponerse que la tensión creada por Rajoy, Zaplana y Acebes se iba a reducir. No era así, porque el mandato del PP requería que todas las preguntas —fuesen sobre el tema que fuesen— llevaran una buena carga ideológica, mezclando las críticas sobre la gestión con el desamparo de las víctimas del terrorismo, ETA, la situación económica, etc.

Hubo diputados que en sus insultos llegaron a pasarse de tal manera que mi pobre exclamación de la legislatura anterior quedaba como un pequeño intento de sofocar nuestro hartazgo contra la mayoría. Repasar los diarios de sesiones de aquellos días explica por qué a mitad de sesión mis colegas Begoña y Uxue, temerosas de que mi cabreo subiese de tono, me mandaban a la cafetería, situada al costado del hemiciclo, para que me tranquilizase. Uno venía, por viejo y por ideología, de una etapa insoportable de la historia de España y no podía escuchar, pues era superior a sus fuerzas, las invectivas que se lanzaban contra todo lo que significase, desde algún rincón, ideología de izquierdas.

Uxue me comentaba:

—La primera vez que asistí a un pleno de miércoles, cuando Rajoy acabó de decir lo que dijo, tú murmuraste: «¡Bobooo!».

—Es que lo que dijo seguro que era una bobada sin cuento.

—Lo era, pero me dejaste helada.

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La batalla comienza cuando el señor Rajoy pregunta. Por cierto, desde que ha pasado de delfín heredero a príncipe electo, creo que ha crecido en estatura y hasta le ha vuelto el color a la cara, porque, por mucho prado abierto que haya por su tierra, el señor Fraga le ponía de los nervios.

Como buen celta, seguro que en la calle de Génova elevó la espada, la figurada, por encima de las cabezas de sus seguidores y acabó creyéndose eso que hoy le ha dado tan buen tono, aunque su discurso catastrofista no se lo creen más que los suyos.

Cada vez que acaba, los suyos le aplauden a rabiar y sobre todo, con gran ánimo lo hace y de modo casi violento, el señor Arias Cañete. Todo el esfuerzo por volver a ser ministro.

La estrella hoy ha sido la ministra de Fomento, que ha merecido siete preguntas de mala baba. Me pareció verla asaeteada, como san Sebastián, con su cuerpo lleno de flechas. El problema que tiene el PP es que esta señora es un pájaro duro de pelar.

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…Y en ese monotema habló el señor Ballesteros, que llegó a decir que el señor Zapatero tenía que pedir perdón a las víctimas e insultó brutalmente cuando dijo que el Gobierno había pactado con la banda armada.

Se olvidó de que a esa misma hora llevaban a la cárcel a todo el núcleo duro de ETA. Pero a los del PP les daba lo mismo. Sabían que ahí estaba el hueso del Gobierno y no lo soltaban, ni parecen dispuestos a hacerlo por muchas razones en contra que se les presenten.

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Hubo tardes en las que el PP llegó a reclamar aquello de «ha nacido el imperio de los yugos, de las flechas y la fe». El tono subía cuando Acebes vaticinaba la ruina y la vice le recordaba lo del humo. El diputado no entendía y alguien desde su escaño le gritaba:

—¡El de Atocha, coño!

El mediocre señor Martínez Pujalte atacaba a Solbes y éste, con su retranca digna del mejor humorista, ponía en su sitio a Martínez Pujalte y a la señora Macarena Montesinos, que no muerde porque no puede.

En una de esas horas aciagas, Zaplana y Acebes llegaron a decirle a la ministra de Fomento y a Zapatero que eran los mejores payasos de España. ¡Ahí es nada!
—————————————————————-Por las mañanas, cuando iba hacia el Congreso, elegantes camareros de cafeterías inquietas me saludaban con un «buenos días, diputado» acompañando sus palabras con gestos de cariñosos saludos. Un buen paseo para iniciar el tortuoso camino de un hemiciclo dominado por la trituradora de Aznar y sus seguidores.

***

¿Le suena ya por que el PP ataca duramente a trabajadores parados y pensionistas?..

¿le suena por que quiere perjudicar a las mujeres con la reforma laborar y el retroceso en la ley del aborto?. ¿Le suena por que quiere una educación orientada a servir a Rouco  y a banqueros y falangistas y no a la libertad y la dignidad?.

¿Entiende por que no han condenado los crimenes franquistas y se niegan a que se abran las fosas comunes donde ocultaron a sus victimas?. …

El PP vuelve a la “trituradora”.

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